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NO QUIERO IR A LA BODA

  • hace 2 días
  • 18 Min. de lectura



Autor/a: Maria Jasso Martinez


Edad: 33


Ciudad y país: CDMX, México


Taller: Curso Intensivo de Escritura Creativa


Año de publicación: 2026


Publicado en la plataforma cultural Explora y Aprende.



Siento que he regresado al primer día de escuela, solo que esta vez no tengo una mochila

a la que aferrarme, ni un padre que me diga que todo estará bien. Tenemos el salón a la

vista y cada paso se siente más pesado. Veo cómo Laura abre su bolso; sus dedos,

repentinamente torpes, chocan con el maquillaje y un manojo de brochas cae al suelo.

Siento culpa al desear que haya olvidado las invitaciones. Ella continúa disculpándose

repetidamente. Javier, mi padrastro, posa su mano en su hombro de forma

tranquilizadora y se ofrece a buscarlas. Laura le agradece.

Javier saca unos boletitos arrugados y se los entrega a la chica. La chica sonríe, una sonrisa

que contrasta con la rigidez de su postura, haciéndola parecer más un guardia de

seguridad molesto que una organizadora de eventos.

Pasamos al recibidor donde mis tíos saludan a los invitados. Esta vez Javier es quien toma

la delantera, saluda a mi tío con un apretón de manos y después besa a mi tía en la

mejilla. Ellos sonríen con cortesía, pero la sonrisa no llega a los ojos. No siempre fue así.

Aún recuerdo cuando Laura dejó de recibir las invitaciones a las cenas familiares. El cuarto

domingo, ya no salió de su cama. Quise ser un buen hijo. Lavé los trastes, cociné para

Alejandro y nos sentamos a hacer la tarea juntos, pero mi poca energía y mis cambios de

humor ya habían empezado a presentarse desde hace unos meses. Parece que mi padre

quería un hijo más como él y no uno roto como yo.

Después de unos años de silencio de la familia —que a mi parecer fueron mejores—, Laura

recibió la invitación a la boda y me llamó para darme la buena noticia. Se escuchaba llena

de emoción. Me la imaginaba dando saltitos de alegría. Incluso puso la canción de Perfect,

de Ed Sheeran, para el tono de Whatsapp del grupo familiar. Mientras ella seguía

hablando sobre las noticias de los primos, yo me sentía como si me hubiera tragado un

montón de tierra, pero haría esto por ella. Para Laura esta era la oportunidad para

reconciliarse con su hermana mayor y yo no lo echaría a perder. Iría a la boda, pondría

buena cara, felicitaría a los novios, llevaría un buen regalo y sería el hijo perfecto, solo

tenía que aguantar dos días o por lo menos eso pensaba. Todo comenzó por aquel maldito

mensaje.


Unas horas antes del viaje


No quiero ir a la boda. Siento cómo el arrepentimiento va creciendo. Veo las maletas

hechas en la puerta, pero sigo estático en la habitación. Desvió mi mirada hacia la mesa;

ahí, en medio de todo, sobresale una caja envuelta en papel blanco. Mi estómago se

encoge. Dudo si las toallas fueron las correctas. ¡¿Quién demonios regala toallas?!


Ya hemos hablado de esto, menciona mi terapeuta en mi cabeza, puedes elegir, ir o no ir,

tienes opciones, mientras clava su mirada en la mía.

—¿Qué es lo peor que podría pasar? — continua a pesar de mi silencio.

—Nada—contestó al tiempo que desvió la mirada.

Mentiroso dice una voz en mi oído.

Oigo como Esteban suspira. —¿Sabes cuál es tu problema Carlos? —. Ese comentario me

hace alzar la mirada.

Y así, sin más suelta:

—Que todo lo vez blanco o negro, te enfocas en una solo cosa y no vez mas allá. Lo

reprimes pensando que no dolerá, pero al final duele el doble ¿no?—

Una sonrisa irónica aparece en mi rostro; si supiera que todo saldría bien no necesitaría ir

a terapia. Me intento sentar en el suelo en medio de la sala sombría. Debería haber

cambiado el foco hace tiempo. La ropa se desborda al intentar sostenerme del sillón,

mientras mi pie choca con las envolturas y mi mano se llena de migajas de alguna comida

de la semana. Sé que el desorden empeora todo, pero no tengo la energía para

levantarme: soy un muñeco que no puede alcanzar la cuerda en su espalda. Opto por

encoger mis piernas y recargar mi cabeza sobre las rodillas.

Tal vez sea mejor volver a la cama. Volteo hacia mi habitación llena de cuadernos, diarios

sobre “mi progreso”, tareas sobre autoestima y logros. Intento recordar alguna anotación

que ayude, pero solo siento que fue el otro Carlos quien los escribió. Son solo falsas

esperanzas con sabor amargo.

Depresión moderada vuelve a susurrar la voz.

Sacudo mi cabeza deseando que esa voz desaparezca. Intento encogerme lo más que

puedo. Me imagino a Alicia en el País de las Maravillas desesperada por achicarse y solo

crecía cada vez más ocupando toda la casa. Pero no existen las pociones mágicas, solo

cuando duermo. Si regreso a la cama todo se calmará. Debería cancelar, inventar alguna

excusa; no creo que nadie se dé cuenta si no voy. Saco mi celular pensando cuál sería la

más convincente. Pero una notificación nueva me distrae. Es de Esteban, mi cabeza se

inclina memorando si antes me había escrito además de confirmar la siguiente sesión.

Un ruido interrumpió mis cavilaciones. Oigo gritar a Laura en la puerta. Mi espalda se

tensa, no, no es posible me digo olvidándome del mensaje. Dejo el celular en el suelo y mi

cuerpo duele al levantarse tan rápido. Mi cabeza gira hacia todos lados en pánico, recojo

la maleta, el celular, la pequeña bolsa con el dinero y las credenciales. En ella encuentro

dos ligas y dudo si dejarlas, elijo llevarme una. Me falta el regalo. Laura sigue golpeando la

puerta con insistencia. —Ya voy— gritó. Desbloqueo mi teléfono, dándole una última


repasada antes de irnos, al final decido que es mejor ponerlo en silencio. El mensaje de

Esteban queda en el olvido.

Abro la puerta solo lo suficiente para poder salir. El sol hace que me ardan los ojos.

—Si me dieras una llave, no tendría que tocar —dice Laura molesta.

—Si te diera una llave, entrarías sin avisar —le reprocho.

Ella voltea los ojos, un gesto que le molesta. Dice que es una falta de respeto, pero no

duda en usarlo. Típico de los padres.

Miro a Laura con sus cuarenta años encima. Viene con ropa cómoda, el cabello recogido y

sin maquillaje. El nuevo matrimonio con Javier le ha sentado bien, ya no se siente tan sola.

Saludo a Javier desde el pórtico. Está en el asiento del copiloto y mi hermano detrás de él.

Alejandro solo alza la cabeza a modo de saludo y regresa a su teléfono.

Mientras saludo, la puerta ha quedado un poco entreabierta, noto cómo Laura inclina la

cabeza para mirar dentro. Dejo el regalo sobre el escalón con apuro y cierro la puerta.

—¿Todo bien, cariño? —me mira preocupada—. No es una... recaída, ¿verdad? —añade, a

la vez que estrecha su mano con la mía.

Si nada le ha faltado dice indignada Laura al terapeuta.

—No, solo está un poco desordenado por el viaje —digo, forzando una sonrisa—. Vamos

que se nos hace tarde —añado, devolviéndole el apretón.

Laura me observa un poco más evaluándome, al final sonríe, recojo el regalo del piso y nos

dirigimos al auto. Parece que practicar las sonrisas funciona.

—¡Bien! ¿Quién está listo para un viaje de cuatro horas? —dice Javier alegremente

mientras Laura y yo nos ponemos el cinturón.

Javier habló durante la mayor parte del viaje. Me cae bien Javier. Es alegre, siempre tiene

un tema de conversación y nunca siento que esté en un interrogatorio cuando charlo con

él y sobre todo jamás intentó ocupar el lugar de mi padre. Él fue el encargado de poner

música hasta que todos nos quedamos sin señal y Alejandro se integró a la plática.

Faltaba una hora para llegar cuando paramos en una gasolinera. Después de comprar

chucherías típicas de un viaje, Laura y Javier cambiaron de asientos. Sin embargo, en

cuanto la señal regresó, el celular de Laura estalló en notificaciones.

—Deberías silenciar los grupos, cariño —ríe Javier ante la avalancha de sonidos.

—Sí, mamá, la tía Carlota siempre manda cadenas con oraciones —se quejo, mientras

tomaba su celular —al final, yo soy el que tengo que borrarlas cuando se llena la galería.


—Es el grupo familiar— contestó Laura, ignorando a Alejandro —espero que no haya

pasado nada grave— murmuró, preocupada. Laura se quedó en silencio, leyendo las

conversaciones. Podía ver cómo su cara pasaba por diferentes estados de confusión.

Después de unos minutos levantó la cabeza y preguntó: —¿Qué es Grindr?

Mi estómago dio un vuelco.

—Es una aplicación para gays, mamá —aclara Alejandro sin inmutarse.

—¿Qué tiene que ver con la boda? —pregunta Javier.


En la boda


Laura y mi tía, Carlota, se abrazan un poco incómodas. Han pasado por lo menos dos años

desde la última vez que se vieron. Oigo cómo optan por hablar de la boda: la decoración,

los vestidos, del novio que es un gran partido para su hija Susana. Mi tía hace un gesto

mostrando los arreglos florales, mientras nos acercamos a una de las mesas para ver

mejor las servilletas.

—En este salón se casó la mismísima Dalia— expreso, presumiendo con orgullo al

mencionar a una actriz famosa de telenovela.

En un instante nuestras miradas se encuentran. Siento cómo su gesto se endurece, Se

acerca a Laura y le susurra algo. No logro ver su semblante, pero cuando voltea Laura ya

no está sonriendo.

Solo es una etapa, dice mi tía y Laura asiente. Mientras toman café en una casa que aún

me trae recuerdos.

Quiero acercarme, hablar con ella, explicarle lo mío y lo del perfil, pero no sé por dónde

comenzar. Todo parece tan rápido y yo nunca he sido bueno con las palabras. Mi corazón

se contrae. Si fuera normal no le causaría dolor. Me abrazo a mí mismo, intentando seguir

adelante.

Opto por ser el último en la fila cuando las voces de los invitados aumentan. Antes de

llegar al salón abierto, nos topamos con un enorme retrato. Tiene el marco dorado y el

tamaño suficiente como para colgarlo en una mansión. Noto que no es una fotografía

cualquiera, la sorpresa cruza por mi rostro, está pintada a mano. Me detengo a ver los

detalles, su cara ovalada y la sonrisa manchada de rojo, ya no tiene los dientes chuecos.

Otro recuerdo aparece.

—¡Mamá, mamá! —solté —Susana me empujó del columpio— añadí mientras me

aferraba a su vestido.


—Te debes haber confundido Carlos. Mi niña no hace esas cosas. Vamos, díselo Laura—

—Pero mamá—insistí, ignorando a mi tía

—Carlos, solo ve a jugar —respondió mi madre, suspirando—. Los niños se ven mal

llorando

Me le quedé viendo mientras limpiaba las lágrimas con mis mangas, las cuales se habían

vuelto cafés.

Ignoro la risa burlona de mi prima en cuanto le doy la espalda al cuadro.

Miro hacia las mesas, donde los familiares ya situados en sus lugares. El salón es amplio y

luminoso con grandes ventanales que dan al jardín. Del techo cuelgan largas cintas dando

la ilusión de olas movidas por el viento. Deseo que nuestra mesa no se encuentre cerca de

la pista de baile. Me envuelve una sensación conocida; hay mucha gente y tan poco

espacio.

No deberías haber venido.

Prometiste hacerlo bien.

Quiero irme.

Mañana volveremos a casa y todo estará bien

Busco con desesperación en mis bolsillos, agarro la liga y me la coloco en la muñeca. Doy

un tirón y resuena en mi piel, dos tirones y la piel se vuelve roja.

Diviso a mi familia entre los demás invitados, ya están más adelante. Veo cómo Alejandro

detiene el paso, aparta la mirada de su teléfono, busca algo entre la multitud y da la

vuelta. Nuestras miradas se encuentran. Regresa sobre sus pasos; al parecer me quedé

cerca de la entrada. Me toma del brazo y nos dirigimos hacia nuestra mesa.

La ceremonia empezó en punto de las tres, en el mismo salón. Tuve cierta empatía por el

padre ya que él había dirigido las charlas prematrimoniales de mi prima durante los meses

previos a la boda. La misa transcurrió como muchas otras a las que ya había asistido,

llegando al momento en que daba un discurso improvisado, ese que los invitados odian.

Yo, en lo personal, no tenía problema en pasar más tiempo sin conversar con la familia. En

esos instantes de desconexión lograba escapar, aunque fuera por unos minutos, del

murmullo constante y de las miradas curiosas

Hasta que escuché la palabra y mi mente regresó de donde fuera que estuviera. Empezó a

quejarse de que las parejas ya no tenían hijos y de cómo era su obligación educar a nuevas

generaciones llenas de feministas, gays y ateos. Esa palabra se sintió como un nudo en el

estómago. Los murmullos llegaron a mí como pequeños bichos trepando por mi espalda

hasta llegar a los oídos. El padre continuó vociferando de cómo el mundo estaba al revés,


que la gente prefería viajes y lujos en vez de establecer una familia como Dios manda, con

un hombre a la cabeza y una mujer apoyando y cuidando a los niños, como Adán y Eva.

Me levanté enojado, mi cuerpo le ganó a mis pensamientos. Mis manos temblaban,

respiré hondo y las metí en los bolsillos intentando controlarme. Alcé la vista y miré al

padre, sentí cómo todas las miradas se concentraban en mí. Por una vez en mi vida no me

importó. Me armé de valor y dije: —Eso es absurdo—. La cara del padre estaba llena de

sorpresa mientras que en el salón solo se escuchaba el zumbido del micrófono.

Vi como mi prima se alzaba de su silla, por un momento pensé que me gritaría por haber

interrumpido su ceremonia, pero en cambio me sonreía. Mi madre, al igual que Susana, se

levantó de su asiento y me abrazó, me felicitó por… En eso sentí la mano de Alejandro

sacudiéndome —ya terminó la ceremonia— dijo riendo, dándome un codazo en las

costillas. —Regresa de donde quiera que estabas— Parpadeé.

El sacerdote seguía hablando. Nadie me miraba. Nadie estaba de pie. Mi prima

permanecía sentada, inmóvil, escuchando las últimas palabras. El salón se llenó de sonidos

de arrastre de las sillas acomodándose alrededor de la mesa circular.

—Este eres tú— dijo mi primo con burla en su voz, acercando su celular a mí rostro. Nos

abordó en cuanto Alejandro y yo nos aproximamos hacia la mesa de cupcakes después de

la cena. Ahí, junto a los pastelillos, también se encontraban varios familiares jóvenes,

algunos habían venido acompañados cuando llegó el hermano de la novia. El típico primo

incómodo/bully que te preguntaría por qué eres tan callado, cuando estás disfrutando ser

parte inactiva de una charla y tú le quieres preguntar ¿Por qué eres tan ruidoso?

En su pantalla había una foto mía en una aplicación de citas. Uní mis manos en la espalda

e hice que la liga rebotara de nuevo. Sonreí a mi primo fingiendo calma, aunque por

dentro mi corazón no dejaba de latir con fuerza.

—¿Es una de tus bromas, no? —contesté. Me había preparado toda una hora en el

camino, elaborando toda clase de escenarios y respuestas en mi cabeza. Laura había

guardado el teléfono después de haber escuchado la respuesta de Alejandro y estuvimos

en silencio durante todo el resto del viaje.

—¡Vamos Carlos! — contestó riendo. —Yo no sería capaz de hacer una broma de tan mal

gusto

Sentí cómo mis ojos suplicaban dar vuelta dentro de mis cuencas.

—Tienes razón, Brandon —debatí fingiendo. —Debe ser una de esas cuentas que sacan tu

foto de cualquier otra red y crean perfiles falsos— levantando los hombros, como había

visto a Tony Stark. Una postura donde no pasa nada.

—Debe ser una cuenta muy bien hecha —insistió, mirando la pantalla de su celular

—Hasta dice donde vives e incluso la sopa instantánea que te gusta comer—


—Cosas que cualquiera puede saber— intervino Alejandro — La pregunta es ¿Por qué

insistes tanto? Da cringe. Alguien tosió, intentando ahogar una risita.

Brandon desvió su mirada hacia Alejandro, mostrando una sonrisa que no llegaba a sus

ojos.

—No te metas, es charla de adultos —exclamó, inclinándose hasta la altura de Alejandro.

— No le hables de esa forma— intervine moviéndome hasta estar al lado de mi hermano.

Podía sentir cómo la temperatura se elevaba y llegaba a mi cara.

Alejandro ni se inmutó ante la postura intimidante que adoptó Brandon

—Ah, perdón se me olvidaba que a los millennials ya se les complica. Quiero decir que das

repelús, suenas como un stalker— explicó Alejandro, remarcando la palabra stalker —Es

más ¿Cómo encontraste el perfil… o buscabas algo específico?

Vi cómo una sonrisa de Brandon se desvanecía con cada palabra hasta convertirse en un

gesto frío. Los demás familiares apartaban la vista, incómodos, simulando ver sus

teléfonos o mirando la barra de cupcakes como si estos fueran los más interesantes.

Intenté tragar saliva, pero sentía la garganta seca. Una voz femenina sonó en los

altavoces, anunciaba el inicio del vals de los novios. —Vámonos —le dije a Alejandro,

tomando su hombro y empujándolo hacia nuestra mesa antes de que alguien dijera algo.

Las luces ya se empezaban a atenuar, pero cometí el error de voltear y observar a

Brandon. Tenía la misma expresión que tenía su hermana en aquel columpio.

En cuanto nos acomodamos, la novia entró con un nuevo vestido, este era igual de ancho,

pero no se comparaba con el de la ceremonia, tenía una caída en forma de A y hombros

descubiertos, también lucía pequeños cristales blancos en el corsé y una diadema alzando

el velo. Me asombré ante la idea del costo de ambos atuendos. Al menos en mi boda no

gastaremos en el vestido. Esta idea me alegró, pero también se sintió una carga.

Los novios se deslizaban hasta la pista de baile, cuando ocuparon el centro, las luces se

atenuaron por completo, comenzando a cantar "Can´t Help Falling in Love”. La voz sensual

de Elvis sonaba en los altavoces invitándonos a mover el cuerpo al ritmo de su música. Por

primera vez desde que llegamos sentí cómo la tensión abandonaba mis músculos, por fin

la liga en mi mano se había quedado quieta. La música sonaba agridulce, una mezcla de

melancolía por lo que se fue y a la vez era un recuerdo feliz. Cómo si todos los problemas

no importaran y solo quedara seguir escuchando la canción.

Mientras la pareja seguía bailando, una de las paredes en el fondo se iluminó, era una

proyección de recuerdos. Las imágenes recorrían desde su noviazgo, cenas familiares,

vacaciones, salidas con amigos, llegando al video de la pedida de mano. Las vacaciones

fueron en el parque de diversiones de Disney y ahí frente al castillo de la Bella Durmiente

le había propuesto matrimonio, cliché sí, romántico si, envidia por supuesto. No sé en qué


momento dejaron de bailar para ver el video. Tenían dibujada una sonrisa de oreja a

oreja. Podía verlos desde mi mesa, él un poco más alto que mi prima ofreciéndole su

brazo, mientras ella recargaba su cabeza sobre su hombro.

Pasaban las fotos y algunas veces ambos apartaban la vista de la pantalla y se miraban con

cariño. Los invitados suspiraban con cada cronograma o reían con la foto de mi prima de

niña mudando los dientes de leche. Yo en cambio no les quitaba la vista de encima ¿De

verdad ella era la que me atormentaba en cada reunión familiar? Me encogí de hombros.

Supongo que la gente sí cambia. Exceptuando la confrontación con Brandon no había

pasado nada malo, empezaba a cuestionarme si todos los susurros y las miradas estaban

en mi imaginación. Tal vez mi psicólogo tenía razón, todo estaba en mi mente, siempre

creando los peores escenarios.

Cuando el salón se oscureció más, debía ser una fotografía con fondo negro o de noche,

pero vi sorpresa en los ojos de los novios. Los invitados habían dejado de reír. Desvié mi

mirada a la pantalla, allí, enfrente a todos estaba expuesto mi nombre bajo un fondo

negro y letras amarillas.

Los murmullos se extendieron por todo el lugar. Mi pecho, antes tranquilo, pasó a sentir

cada pulsación llenando mis oídos. Intentaba respirar, pero el aire no llegaba. Era un

conejo en carretera, viendo cómo la luz se acercaba cada vez más y está a punto de ser

arrollado, pero no se mueve. Esa luz era mi prima viniendo hacia mí. El blanco del vestido

resaltaba el rojo de su cara, se había arrancado el velo como si la princesa se hubiera

quitado la máscara revelando que todo el tiempo era una bruja. Mientras caminaba su

falda se atoró en medio de las sillas, haciéndola parecer más grande y furiosa. Me recordó

a una escena de Godzilla.

La silla chirrió y oí cómo golpeaba el suelo resonando en todo el salón. Mi cuerpo se había

levantado solo, un reflejo ante un peligro. Susana se paró a centímetros de mí. Podía ver

la vena en su frente y sentir el calor de su cuerpo. Estallaría en cualquier momento.

Intentaba hablar, pero las palabras morían en su garganta. Se acercó tanto que su sombra

absorbió todo.

—¿Cómo te atreves a arruinar mi boda… con tus… mariconadas? Querías que todos se

fijaran en ti ¿Verdad? Pobre Carlos tan sensible, siempre ignorado —dijo escupiendo

mientras sus palabras se alzaban cada vez más. Sentía su dedo en mi pecho, enterrándose,

pero no podía escapar. Su voz ya había salido y no pararía hasta destrozarme.

El novio, por el contrario, corrió a parar la proyección y ahora cada rincón estaba

iluminado de nuevo. Con todos los ojos clavados en mí, los invitados se acercaban algunos

curiosos y otros por mero entretenimiento. No había escapatoria, varios ya habían sacado

sus móviles. Los flashes rodeaban mi cara. No logro descifrar lo que dice. Las voces se

apagan y suenan lejanas. Me palpo la muñeca en busca de la liga. La estiro y la suelto, una


y otra vez, no logro concentrarme. No está funcionando. Intento estirarla más. Un

chasquido suena. La liga yace en el suelo. Me estoy perdiendo.

Siento una figura moverse a mí lado, cuando un leve empujón me hace dar un paso atrás.

Alguien se interpone entre Susana y yo. Las voces vuelven poco a poco. Javier yace ante

mí. Miro su semblante, es la primera vez que tiene esa expresión, una mezcla de enojo y

calma. Su cara se ve rara sin una sonrisa. Mueve sus manos de arriba abajo, de forma

apaciguadora, intentando contener a Susana solo para percatarse que mi tía se abre paso

ante la multitud. Esto no tiene fin.

—¡Guarden sus teléfonos! —aún no logro distinguirla entre la multitud, pero el sonido de

sus gritos es inconfundible. Los invitados se apartan uno a uno, como los árboles de la Isla

Sorna cuando el Spinosaurus se acerca. Espero a escuchar la melodía del celular, pero solo

está en mi cabeza. Algunos bajan sus aparatos desconcertados, otros los esconden en su

espalda. Hay quien comete el error de seguir grabando, en cuanto mi tía llega a su lado

sus ojos se fijan en su teléfono. —¡Dije… sin… teléfonos! —cuando suelta un manotazo y

solo se escucha el rebotar en el mármol.

Los únicos ruidos es el chapoteo en la fuente y los tacones de mi tía acercándose a Susana.

La toma del brazo y ella agacha la mirada sumisa —No ves que estás haciendo un

escándalo, reza que tus suegros no hayan escuchado —le susurra. Susana hace una mueca

de dolor, pero no se resiste. Después voltea a vernos y con una sonrisa dice: —Nada ha

pasado, solo fue una pequeña bromita entre primos —Da indicaciones a la organizadora,

que apenas va llegando, no creo que la vuelvan a contratar.

—Vamos afuera —ordena mi tía, lo suficiente para que solo nosotros escuchemos. Javier

le indica a Alejandro que no se levante en cuanto vio que éste nos seguía. Alejandro me

miró y asentí. Laura apenas sobresalía entre la multitud y Javier le indica que nos

acompañe.

—Solo familia —alza la voz mi tía, Javier está a punto de protestar cuando Laura niega con

la cabeza. Nos dirigimos al jardín, al toparnos con el retrato ya no me parece tan

espléndido. Los ojos parecían seguirnos, la sonrisa se había ensanchado y el ceño se había

vuelto fruncido. Sería el cuadro perfecto para la casa de algún juez.

Muchas veces deseé que la voz en mi cabeza desapareciera. Cada vez que iba a terapia, las

primeras visitas a casa de Laura después de mi diagnóstico, cuando conocí a Javier. Pero

estaba en silencio, huyó en cuanto pudo. Cobarde.

—Yo no fui —me defendí antes de llegar al jardín. —No coloque la foto —mi voz sonó

demasiado aguda. Aún podía escuchar como la música continuaba.

—¡Cállate! —respondió mi tía, estallando—. Le di instrucciones a tu madre de no invitarte,

que solo traerías problemas, pero insistió en que estabas mejor, que el psicólogo te estaba

haciendo bien. Debió hacerme caso cuando le dije que te mandara al campamento—. Me


sentí atónito ante tales revelaciones. —Ahora resulta que te gustan los hombres, iremos

con el padre ahora mismo y hablaremos del próximo retiro—. Intentó tomarme del brazo,

pero di un paso hacia atrás, esquivándola. Eso solo hizo que se enojara más.

—Laura, por Dios, dale razones— dijo exasperada, alzando los brazos en señal de

paciencia. Volteé hacia Laura. Una pequeña esperanza se estaba formando en mi pecho,

después de todo, ella había intercedido por mi pese a la negativa de su hermana. Apartó

la vista mi tía y nuestras miradas se encontraron. Pasaron unos segundos que se sintieron

como horas.

—Cariño… Tal vez Carlota tiene razón. En la mañana tu cuarto estaba… mal. Podría

hacerte bien, solo escucha lo que tiene que decir el Padre.

Entonces lo supe: nada había cambiado; lo sentí como un balde de agua fría y un dolor

punzante en el corazón. Por un momento creí que era un ataque de pánico, pero se sentía

diferente. No me costaba respirar, no sentía las náuseas que lo acompañaban, nada más

que una seguridad amarga de que esto era el fin. Todas esas pláticas que tuve con Laura

estos años, las cenas hogareñas. Solo nosotros cuatro en la mesa compartiendo los días.

En cuanto Laura creyó tener la oportunidad de obtener de nuevo la aprobación de su

familia, la esfera se había roto. Me dolía por lo que había creído que era. Dolía por Javier y

Alejandro.

Y los mandé a la fregada, a todos y cada uno de ellos, a mi tía, a Susana, —al su novio que

ni siquiera había conocido—, a Brandon, mis primos, mis tíos, a Laura. Me golpearon la

suma de aquellos momentos en que me sentí no querido, no elegido, no protegido.

Vine a una boda con una familia que no nunca me aceptó: con la prima que no soportaba,

un primo que me expuso delante de todos por diversión y una tía aún peor. Había llenado

una libreta con posibles respuestas a cada pregunta incómoda. Tanto esfuerzo. Hasta

compré unas ¡malditas toallas! Pude haber regresado en cuanto mi información se filtró,

pero me quedé. Lo soporté todo, por ella, por mi madre.

Mis puños se apretaban y mi mandíbula se tensaba hasta doler. Existían palabras que

querían salir, pero más que nada, estaba cansado; cansado de fingir, de negar, de la culpa

por ser quien soy, del esfuerzo que nunca llegaba a ser suficiente.

—Adiós mamá—

Me alejé antes de que pudiera contestar, aunque lo más probable era que no dijera nada

o nada que realmente importara.

Tendría que escribirle a Alejandro más tarde para explicarle por qué no había regresado a

la mesa. Saqué el celular del pantalón y busqué los horarios de autobuses, cuando recordé

el mensaje de Esteban. Abrí la aplicación de mensajería, había un enlace a un video, lo

pulsé y apareció en letras negras “El potencial de las elecciones” Quedé. En medio de la


noche con la música de fondo y montón de grillos cantando, la risa me salió sola. No pude

detenerla. Reí hasta que el estómago empezó a doler.




Nota editorial:


Este texto fue desarrollado dentro del Curso Intensivo de Escritura Creativa de Explora y Aprende. La obra es propiedad intelectual de Maria Jasso Martinez.


© Maria Jasso Martinez, 2026. Publicado por Explora y Aprende.

1 comentario

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Miembro desconocido
hace 17 horas
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Muy buen ejercicio, en lo personal me senti identificada con algunas de las circunstancias psicologicas del personaje. 🙂

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